Valeria Reyes Soto

Historia

Este fue el primer hallazgo arqueológico que descubrí en la playa de la Muralla, en el Puerto de Santa María. Tenía 10 años, verano de 1998. En una mañana de marea baja, quedaron al descubierto los restos de un antiguo castillo. En la orilla había unas columnas incrustadas entre las rocas, cubiertas de conchas fosilizadas y habitadas por cangrejos y peces. El perímetro de las estancias aún se podían apreciar en la base de los muros. Me imaginaba dónde estaría la cocina, quién habría vivido allí. Me guardé muchos años la pregunta de qué sería esa antigua fortificación asomada a la bahía de Cádiz. Fragmentos de un pasado activaban mi imaginación. ¿Qué habría comido en ese plato una niña de 10 años cientos de años atrás?

Varios meses antes de aquel verano tuvo lugar la Cuaresma, y tras ella la Semana Santa. Durante 40 días, una ilusión estelar se iba apoderando de mí. Leía una y otra vez los cuatro tomos de Semana Santa que estaban en mi salón. Rebuscaba en los cajones de la salita un pequeño tesoro, compuesto por estampitas, recortables, fotos y colecciones con los escudos de las hermandades y medallas con la imaginería de cada cofradía. También había restos de cirios e itinerarios cubiertos de cera. La banda sonora de aquella semanas eran marchas procesionales. Los vídeos en VHS recogían grabaciones de Onda Jerez, con pegatinas blancas escritas a boli. Empezaba a oler a incienso y azahar. Iba los domingos a todas las iglesias y me aprendí de memoria cada imagen, cada paso y cada campanario. Así aprendí a callejear por Jerez y a identificar el barrio de San Mateo, el de San Miguel y San Pedro. Con 12 años escribí un pregón. En 1998 llovió un Domingo de Ramos y lloré muchísimo, pero la Virgen de la Estrella salió unos minutos y se refugió en San Marcos. En el breve regreso a su capilla, me perdí de la mano de mi madre y me fui delante del paso. Fue la media hora más eterna de mi vida.

Aprendí lo que era una tesela en una visita con el colegio al Museo Arqueológico, en la Plaza del Mercado. Hicimos un taller de construcción de un mosaico romano, cada pequeña parte que lo compone se llama tesela. Durante muchos años, mi madre guardó en la cocina este mosaico imperfecto pero bello que me conectó, de forma definitiva, a mi amor por el arte, la memoria y la composición de historias a través de hallazgos. 

Estudié bachillerato en el Instituto Santa Isabel de Hungría, donde pasaron varias cosas importantes. Estudié la asignatura de Historia del Arte, que me reveló de forma clara que allí estaba mi lugar. Participé en el Feminario, un seminario feminista impulsado por Elisa Constsnza y Silvia Valero. Aquí conocí la historia de mujeres increíbles, como María Zambrano, Hipatia de Alejandría o Alexandra David- Néel. El instituto estaba en un antiguo convento con una arquitectura preciosa. Tras una portada contemporánea se escondía el antiguo claustro mercedario, entre patios y buganvillas. Es importante habitar lugares armónicos y bellos, es importante saber que tras la fachada, tras las capas superficiales, se esconden los verdaderos secretos y la belleza. Hicimos un viaje a Francia con parada en Burgos. Desde el autobús divisé, al fondo y entre montañas, la imponente catedral gótica. 

Mi profesor de Historia del Arte me ayuda a resolver el enigma de la infancia. El castillo frente al mar. 

El 8 de marzo de 2006 y tras varios meses de preparación, hicimos en la Casa de la Mujer una representación teatralizada contando en primera persona la vida de estas mujeres. Cada compañera, cada amiga, representaba a una mujer relevante del pasado: yo fui María Zambrano. Terminamos leyendo un manifiesto en defensa del feminismo y nos dimos un abrazo colectivo. Esto sucedió frente al Museo Arqueológico, el lugar que me descubrió lo que era una tesela. 

Con el tiempo he sabido enlazar todas estas inquietudes con mi profesión en la actualidad. La arqueología como fascinación por vidas pasadas, como curiosidad por conocer la faceta más cotidiana de estas personas, se relaciona directamente con el periodismo y la comunicación, como afán de descubrir e ir siempre más allá. Entre medias, la historia y el pasado juegan un papel imprescindible en la construcción poética y la escritura como una vía de expresión y de entendimiento.

Sólo cartas de amor a